EL TURISTA FORTUITO: Nellie Blundell | 26 de abril de 2008
SI hay un romance a cercar con barandilla, pertenece sobre todo a los días pasados. Los aristócratas, las aletas y los espías ahora vuelan la primera clase, y no hay tapicería del terciopelo o retintín del cristal en China en servicios de un estado a otro de hoy.
Ahora es todo el aire y espacio. ¿Quién puede negar allí es un zumbido en el carreteo abajo del cauce, elevándose en la puesta del sol, sin mencionar la idea de esquivar meteoritos mientras que usted tira para la luna? Pero cuando estoy volando hay cosquillas culpables en la parte posterior de mi cerebro que diga que debo elegir quizá otra manera de conseguir alrededor. Todos que el dióxido de carbono billowing en mi estela como atravieso el globo hace que suda; Puedo sentir el mercurio el levantarse antes de que haya tomado mis calcetines de la compresión de su envoltura plástica.
En Japón, decido intercambiar el aire por la tierra y el recorrido en tren. Seguramente, si hay un viaje del carril que entrega la emoción del futuro algo que la nostalgia raquítica del pasado, es un paseo en el ultrarrápido, estupendo-atractivo shinkansen, más conocido como el tren de bala.
Estoy en la manera de Tokio a Nagano de aprender cómo esquiar y, los gracias a la infraestructura y los acoplamientos que eran necesarios para los 1998 Juegos Olímpicos de Invierno allí, un shinkansen van directos. Se ha nombrado el servicio de Asama para la montaña de ese nombre que pasa en el camino.
Éstos no se llaman los trenes de bala para nada: en ejecuciones de prueba han golpeado 443 kilómetros por hora. Y aunque el servicio de Asama alcanza apenas 260km/h, es más rápida que cualquier tren que haya tomado.
Mi anfitrión japonés me dice que el servicio tarda 79 minutos. Ése es 79 minutos exactamente. No 80 minutos o “áspero una hora y media”, sino 79 minutos en la nariz.
En la estación de Tokio esperamos entre las líneas cuidadosamente pintadas y pronto bastante el liso, tren de la plata resbala silencioso junto a la plataforma, rojo que compite con rayas abajo de sus lados. En 1.75 minutos, se limpian los carros y puesto en orden para nuestro viaje y nosotros estar libre de subir.
¿Estoy mirando adelante a conseguir conocido de velocidad y maravilla si hay cinturones de seguridad, o una clase de arnés del cohete-estilo? Pero cuando entro en el carro hay asientos apenas grandes, suaves, espaciosos y las superficies limpias estupendas que me imagino que usted podría comer su cena apagado. Y eso incluye los tocadores.
Entre los carros hay camareras de los teléfonos y el expendedor del máquina y lindas en los delantales que empujan las carretillas llenadas con la cerveza, el whisky y las cajas de tallarines y de bocados deliciosos.
Sacamos de la estación y (lentamente) pasar a través del neón diurno y del highrise de Tokio antes de coger velocidad como el Mt Fuji nos agita apagado a la izquierda. Debemos viajar en 260km/h, pero no siente rápido en absoluto. No es como si su cara consigue estirada detrás alrededor de sus dientes, que es una vergüenza porque miraba adelante a ése. Perceptiblemente no inclina tampoco. De hecho siente más bién estar en un plano que un tren. Hay ninguÌn chug-chug los ruidos o el movimiento rítmico, oscilante de un tren; hay un sentido del movimiento pero es pues liso como si estemos siendo aire continuado.
Mientras que la mayoría de los pasajeros dormitan, compruebo hacia fuera las páginas de hombres en el catálogo de la venta al por menor del en-viaje, descubriendo fajas, tinte de pelo, y varias alturas del zapato levantan. Y antes de que lo sepa, 78 minutos han pasado, dejando 60 segundos para prepararse para el aterrizaje.
No es ninguÌn viaje a la luna, pero el shinkansen restaura un poco brillo al encanto deslustrado del carril, y quizás el mejor de todos, se puede disfrutar sin culpabilidad de la huella del carbón.
